Liturgia Dominical (Reflexión Dominical)

Se brinda el espacio para que podamos por el medio escrito hacer un acercamiento a lo que quiere decir la Palabra de Dios cada Domingo a su pueblo.

LITURGIA Junio 11
¿De verdad hay creyentes no practicantes?

09 de Junio 2017
 Padre Tadeo Albarracín Montañez
LITURGIA Junio 11¿De verdad hay creyentes no practicantes?

Una vez clausurado el ciclo Cuaresma ‒ Pascua en la solemnidad de Pentecostés, el calendario de la Iglesia nos regresa al ‘tiempo durante el año’ que habíamos iniciado después de los días de la Navidad y que interrumpimos el martes anterior al miércoles de ceniza. Estas semanas del calendario litúrgico que deberíamos llamar ‘tiempo durante el año’ (en latín ‘per annum’), ‒mejor que ‘tiempo ordinario’‒, tienen como característica principal la lectura continua de la narración sobre la vida pública de Jesús en uno de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos o Lucas).

Terminados los días de la Pascua, nos adentramos de nuevo en el misterio del anuncio del Reino que hace Jesús. Para hacer esta transición de la Pascua a la vida pública del Señor, el calendario nos propone cuatro celebraciones que siguen a la solemnidad de Pentecostés: la Santísima Trinidad, la solemnidad del Cuerpo y Sangre santísimos de Cristo, la fiesta de Cristo Sacerdote y la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Estas fiestas nos sirven como de puente entre la alegría de la Pascua y la cotidianidad de la vida cristiana.

Celebramos en este domingo la solemnidad de la Santísima Trinidad. Es probable que esta celebración genere alguna leve resistencia motivada por la presentación del término ‘misterio’ como un desafío a nuestra comprensión. Intentemos vencer esa barrera. En el lenguaje cristiano el término ‘misterio’ se refiere primeramente al plan o proyecto de Dios para el mundo, plan que nadie conocía, ni siquiera sabían los hombres que existía, pero precisamente Dios nos lo ha revelado por medio de Jesucristo. Así lo entiende San Pablo cuando afirma: «lo que era un misterio escondido a los siglos y generaciones del pasado, nos lo reveló Dios ahora a los creyentes» (Colosenses 1, 26).

Esta noción de ‘misterio’ la encontramos en la oración colecta de la misa de hoy: «Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio». Pero notemos cómo en la oración colecta se mencionan dos envíos: el Padre envía a su Hijo y envía al Espíritu Santo; el Hijo y el Espíritu Santos son enviados en función del misterio de Dios, son enviados para realizar el proyecto de Dios en el mundo.

El envío del Hijo tiene por objeto la revelación del misterio y el envío del Espíritu tiene por finalidad la santificación. Esto es importante puesto que nos lleva a comprender que el misterio ‒proyecto de Dios‒ implica dos aspectos o dos acciones, una de orden intelectual –conocer lo que Dios revela‒ y otra de orden práctico ‒el cumplimiento del proyecto de Dios en la vida de cada ser humano y en la historia del mundo–. El proyecto de Dios no es solo un anuncio sino que además implica la realización de aquello que Dios anuncia.

De parte del ser humano se da también una doble respuesta: creer lo que Dios revela y participar del proyecto revelado. Estas dos acciones son inseparables, pues creer en Jesucristo significa empezar a vivir la vida que Dios quiere para el ser humano; de manera que no se puede creer en el anuncio del Reino que hace Jesús sin la experiencia de vivir este Reino.

Vivir los valores del Reino es acción del Espíritu Santo, es la acción de santificación que encontramos en el texto de la oración colecta de la misa de este domingo. La vida cristiana es fruto de la acción del envío del Hijo y del envío del Espíritu Santo en la vida de un ser humano.

En el evangelio de la misa de hoy (Juan 3, 16-18) leemos tres de frases de Jesús en el diálogo con Nicodemo y que presentan lo que venimos diciendo en los párrafos anteriores. Sorprende al lector del evangelio según San Juan la primera afirmación de Jesús: ‘Dios ama al mundo’, cuando venimos de escuchar la despedida de Jesús en la que presentaba al mundo como término que reúne lo contrario al proyecto de Dios (véase Juan 15, 18-19; 17, 14-16); la frase de Jesús nos lleva

a reconocer que el mundo tiene necesidad de ser salvado y por ello precisamente el Padre, movido por amor, envía al Hijo, para salvar al mundo.

Sin embargo el proyecto de Dios para el mundo sólo se realiza en el creyente: «todo el que crea» en el Hijo. Creer en el Hijo es aceptar la gracia de Dios; fijémonos que el texto afirma que por amor al mundo el Padre ‘da’ al mundo su Hijo. El Hijo es dado, el Hijo es don del Padre para el mundo.

El don de Dios al mundo –que es el Hijo– es quien revela al Padre. Y, ¿qué revela el Hijo? El Hijo, Jesucristo, revela el amor del Padre. La misión de Jesucristo no es condenar sino salvar y Jesucristo salva creando comunión por medio de su palabra. Este es el mensaje central del evangelio: Jesús revela el amor del Padre que se manifiesta en la vida que Él ofrece a los hombres.

Por su parte, el hombre, ante el don de Dios puede acogerlo o no acogerlo. Acoger el don de Dios al mundo en Jesús implica no perder la vida, implica salvarse. Según esta revelación, aquello de ‘creyente no practicante’ no puede darse, pues creer es aceptar la vida que Dios quiere para el ser humano. Va llegando la hora en que comencemos a entender que la práctica cristiana va más allá de asistir a unos ritos muchas veces ininteligibles o de seguir tradiciones. Creer en Jesucristo conlleva vivir el proyecto del Reino y esta vivencia es acción del Espíritu santificador.

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