Formación

El Pueblo de Dios necesita ser formado y necesitan que se les incentive a la espiritualidad como medio para acercarse a Jesucristo por lo cual, éste es el espacio propicio para ello.

Arquidiócesis de Bogotá en la Celebración de los  Jubileos Sacerdotes 2014


"Tres grandes fundamentos que estructuran la razón de nuestra celebración jubilar"

12 de Septiembre 2014
  Daniel Arturo Delgado Guana, Pbro.
"Tres grandes fundamentos que estructuran la razón de nuestra celebración jubilar"

El pasado jueves 11 de septiembre en la capilla del Seminario Mayor de Bogotá, al finalizar la Eucaristía con motivo de la Fiesta Jubilar para los sacerdotes que cumplieron sus bodas de sacerdocio, monseñor Daniel Arturo Delgado Guana, vicario episcopal en la Inmaculada Concepción en representación de los 21 sacerdotes que celebraron su aniversario, dio su mensaje de gratitud explicando los "Tres grandes fundamentos que estructuran la razón su celebración jubilar": Llamados desde el amor para el amor; Sacramentados, no contratados y Santos en una comunidad santificada; los cuales les compartimos a continuación en nuestra sección Formación. 

Celebrar los 60, 50 y 25 años de sacerdocio es un verdadero acto jubilar, personal, familiar  y eclesial en el que es imposible no hacer referencia a la experiencia propia de la vida sacerdotal. En el caso presente si hacemos referencia a nuestra vida y ministerio no es para copar el centro de la escena, sino para destacar el amor más grande de Dios y de quienes han estado relacionados con nosotros en este camino. Son múltiples y grandes las razones para dar gracias a Dios por este don y misterio. El Papa Juan Pablo II a partir de la pregunta. «¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal?” escribió: “la conoce, sobre todo, Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre.” De allí brota el canto de alabanza del santo: recuerdo la historia de mi ministerio “ante todo para dar gracias al Señor: Misericordias Domini in aeternum cantabo![1]. Unidos a este cántico agradecido, los sacerdotes jubilares expresamos y alimentamos la alegría de la Iglesia que brota de la certeza que Dios nos ama y que su fiesta es nuestra fiesta.

En aras de dar gracias a Dios les invito a mirar a la manera de los creyentes tres grandes fundamentos que estructuran la razón de nuestra celebración jubilar.

1.  Llamados desde el amor para el amor: El sacerdocio nace del costado abierto de Cristo en la Cruz. La imagen recogida por el Concilio Vaticano II nos conduce a la contemplación del amor vertido, del amor derramado, de la vida entregada en un ininterrumpido suceso de salvación. Mirar al crucificado, horadar entre sus llagas nuestras vidas es un acto místico que nos permite encontrar la fuente de nuestro ministerio. Sentirnos amados es el secreto de toda vida sacerdotal íntegra, experimentarse elegidos, merced al amor es el fundamento de toda vida sacerdotal en fidelidad. Sólo el amor da explicación y hace inconmovible la respuesta del sacerdote que unido a Cristo, exclama: “eh aquí que vengo para hacer tu voluntad” (Hb. 10, 7). Para San Pablo era claro haber sido escogido, en el fragor de su vida de judío celoso, por puro y libre amor de Cristo, Aquel que llegó a entregar su vida por el apóstol.  ¿Qué otra cosa podía mover el ánimo apostólico, la paciencia y la constancia de Pablo si no esa certeza que a todos proclamaba: Me amó y se entregó por mí? (Ga. 2, 20).

La alegría sacerdotal, expresión de esta fiesta que nos congrega, tiene su fundamento en la experiencia del amor de Cristo, en esa doble dimensión de elección y de entrega suya y de la cual hay que hacer memoria agradecida continua y no sólo en determinadas fechas. "Hay que ser 'memoriosos' dice el Papa, para ser 'agradecidos', Sólo de esa manera podemos afirmar que ‘El Señor nos ha 'primereado' en el amor y claro, compadeciéndose o haciéndonos objeto de su misericordia nos ha elegido. El Cardenal Newman, consiente del amor gratuito, inabarcable e inexplicable, del cual había sido hecho usufructuario por Cristo afirmó en uno de sus sermones: “Nosotros también, como ustedes, hemos sido salvados por la sangre de Cristo que todo lo salva. Nosotros también, como ustedes, seríamos pecadores perdidos, si Cristo no hubiera tenido misericordia de nosotros, si su gracia no nos hubiera purificado, si la iglesia no nos hubiera recibido”[2].

Es justo, que reconozcamos, en el marco de esta fiesta, la misericordia, la fidelidad y la providencia de aquel que nos escogió y nos consagró por un puro acto de su bondad; y que proclamemos, con las palabras María, que 'el Todopoderoso ha hecho en nosotros grandes cosas', que todo en nuestras vida son reflejos de su bondad y de su amor.

 

2. Sacramentados, no contratados: Hemos sido llamados y consagrados para un ministerio que se inscribe dentro del plan salvífico del Padre. La elección, junto con la ordenación sacerdotal que nos consagraron, ha definido en cada uno una identidad particular en medio del pueblo de Dios pues, el sacerdote, como lo afirma el Decreto sobre el ministerio y vida de los Presbíteros, Presbyterorum Ordinis, “al recibir la misión de parte del Obispo, es promovido al servicio de Cristo Maestro, Profeta y Rey. Además, los presbíteros quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo sacerdote, de tal forma que pueden obrar en nombre de Cristo cabeza”(2C). Y continúa el documento “Consagrados de una forma nueva a Dios en la recepción del orden, se constituyen en instrumentos vivos del sacerdote eterno…Todo sacerdote representa a su modo la persona del mismo Cristo”. “Sobre todo al celebrar el sacrificio de la misa, los Presbíteros ocupan especialmente el lugar de Cristo.”

 

Con estas expresiones centrales del decreto sobre el sacerdocio, queda claro que el llamado y la consagración son actos totalmente distintos de lo que es una ocupación profesional. En el fondo no fuimos graduados de sacerdotes, ni fuimos hechos tecnólogos en atención de almas. El sacerdocio no es un empleo, no es ningún trabajo, no es ninguna profesión en el sentido común, es un sacramento. Lo esencial del ser sacerdotes es la consagración de tal manera que unidos de forma sobrenatural a Cristo, actuamos a través de él y estamos presente en él. El sacerdocio no es una función sino un sacramento. La representación sacramental de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote es lo que nos caracteriza como presbíteros. No son las capacidades, conocimientos y funciones lo que nos confieren valor, sino la potestad,  conferida en la ordenación, de celebrar los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía y la absolución de los pecados, allí donde como sacerdotes ocupamos el lugar de Cristo, obramos in persona Christi. En esto, me impresiona especialmente la expresión de Pascal al referirse a las palabras de Cristo Yo estoy con vosotros, decía: “Yo estoy presente entre vosotros por mi palabra en la Escritura, por mi espíritu en la Iglesia y por mis inspiraciones y poder en los sacerdotes…”

Ocupar el lugar de aquel que nos amó y nos eligió, es un acto abarcante que sólo encuentra explicación en el amor del corazón traspasado de Cristo. Esta comprensión del ministerio nos hace libres de la presión de tener éxitos según los criterios del mundo, si bien, nos catapulta a niveles más altos con rostro de perfección, es decir, de santidad. Marcados, promovidos, configurados, consagrados, acciones todas ellas, sobre nosotros, para constituirnos en instrumentos vivos del sacerdote eterno, para secundar su obra salvífica entre los hermanos…también aquí reposa nuestra alegría y la razón de esta acción de gracias.

3. Santos en una comunidad santificada: La perfección en la santidad, no es un agregado a la vida del sacerdote, es la respuesta a la misericordia y esta –la santidad- decía el famoso literato francés Françoise Mauriac, es el más grande reto para todo bautizado y en especial para el sacerdote porque los sacerdotes están llamados a ser los más santos, están “condenados a la santidad”, a pesar de sí mismos[3].

El sacerdote, en cuanto tal, vive y actúa en una atmósfera impregnada de Espíritu Santo. El Espíritu siempre está con él, mora en él, y lo conduce sin cesar. Lleva, por tanto, en su mismo ser una vocación a la santidad, la misma que es propia de toda la Iglesia, como enseña la Constitución "Lumen Gentium".

Si la santidad, que según el Concilio consiste en "la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad", es vocación de todo cristiano, cuánto más lo será de nosotros, sacerdotes, si nuestra misión es tratar de las cosas santas del Señor. El sacerdote es a los ojos del Padre, a partir de su ordenación sacerdotal, como el Jesús del Jordán, a quien bautiza con su Espíritu, a quien llena de su Espíritu, y a quien le dice: "¡Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy!" (Lc 3, 22). De allí dimana nuestra hermosa obligación de ser y sentirnos predilectos hijos del Padre, y vivir relaciones verdaderamente filiales respecto de él, como las vivió Jesús.

Encontrar nuestra vocación en las llagas de Cristo, sentir sacramentalmente el sacerdocio, amar la santidad sacerdotal, en esta nuestra fiesta jubilar resultan siendo cosecha y siembra, punto de llegada y de partida, fuente y culmen de nuestro ministerio. Y en este ejercicio que teje la vida de cada uno de nosotros, la pertinencia de la presencia de cada uno de ustedes: nuestros pastores (cómo olvidar al obispo que nos ordenó, a los obispos que han acompañado nuestra vida, que nos han orientado, y se han puesto a nuestro servicio como padres con sus hijos), a ustedes queridos hermanos en el presbiterio, a ustedes nuestros directores espirituales, a ustedes amigos y, familiares (nuestros padres con su fe sencilla pero férrea e inconmovible), todos ustedes, todos: la gente de nuestras parroquias, los formadores, los múltiples anónimos que rezan diariamente por nosotros, los enfermos que ofrecen sus dolores por nuestra santificación, las religiosas en sus trabajos y en sus clausuras, son tantos y tantas que han contribuido en la construcción de estas historias sacerdotales, de entrega y de servicio . Hoy nos acogemos nuevamente, en medio de la alegría de esta fiesta a su perenne compañía y oración así, en el ocaso de cada tarde y de la vida, siempre será sorprendente descubrir en ustedes al Señor cuando nos parte su pan. Así, el caminante de Emaús seguirá caminado presente, compañero, en el camino de nuestras vidas. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.



[1] Juan Pablo II, Don y misterio, BAC, 1996, p. 17

[2] D. M. O’Connell, Favorite Newman sermons, Chicago 1931. Men, not Angels, the priests of the Gospel, pag. 140-154.

[3] F. Mauriac, The Son of Man, Cleveland, New York 1958.

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