Liturgia Dominical (Reflexión Dominical)

Se brinda el espacio para que podamos por el medio escrito hacer un acercamiento a lo que quiere decir la Palabra de Dios cada Domingo a su pueblo.

LITURGIA Marzo 26
Luz que ilumina y luz que obnubila

24 de Marzo 2017
 Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones- OAC
LITURGIA Marzo 26Luz que ilumina y luz que obnubila

Hemos pasado el meridiano de la Cuaresma, la liturgia mitiga el rigor de este tiempo con el domingo ‘Laetare’, llamado así por la antífona de entrada: «¡Alégrate, Jerusalén! Que se congreguen todos los que te aman» (Isaías 66, 10); en esta misma línea la oración colecta expresa la cercanía de las fiestas de Pascua y pide que la gracia de estos días prepare prontamente al pueblo para estas fiestas. 

Los textos bíblicos de hoy se pueden articular en torno a la iniciación cristiana como proceso de iluminación, de hecho en los primeros siglos los Padres de la Iglesia llamaban al bautismo ‘iluminación’, y en la actualidad la tercera etapa del catecumenado se llama ‘tiempo de la purificación y de la iluminación’ (RICA 21-26) porque se propone iluminar los corazones de los candidatos por un conocimiento más profundo de Cristo Salvador.

En nuestro comentario de los domingos de Cuaresma venimos proponiendo el texto de la segunda lectura como puente y clave para una mirada en conjunto de la oferta del leccionario. En este domingo, el IV, el texto de San Pablo que escuchamos como segunda lectura (Efesios 5, 8-14) señala el inicio de la vida cristiana como paso de las tinieblas a la luz y por ello precisamente el discípulo de Jesús pertenece al reino de la luz.

Desde esta perspectiva de la iluminación, en el episodio de la unción de David como rey que escuchamos en la primera lectura (1 Samuel 16, 1b.6-7.10-13) hemos de destacar el contraste entre la mirada del hombre y la mirada de Dios. Al llegar a casa de Jesé en Belén, el profeta Samuel queda deslumbrado ante el porte y la talla de Eliab, pero Dios le dice: «No te fijes en su apariencia ni en su buena estatura. (…) Lo importante no lo ven los hombres: ellos solo ven la apariencia, pero Dios ve el corazón».

El texto de 1 Samuel y el de la carta a los Efesios nos conducen al episodio del evangelio (Juan 9, 1-44) en el que Jesús se revela como la luz del mundo. Pero la luz bien ilumina o bien deslumbra, esto depende de la disposición del ser humano. Así lo propone Jesús al final del relato: «Yo vine al mundo para provocar una crisis: así los que no ven verán, y los que ven quedarán ciegos».

En el evangelio de este domingo reconocemos cuatro partes: la primera narra el ‘signo’ del ciego de nacimiento que empieza a ver, la segunda presenta una controversia entre los fariseos y el hombre que era ciego, en la tercera parte continúa el encuentro de Jesús con el ciego que ahora ya ve y finalmente en la cuarta se replica la controversia pero ahora entre los fariseos y Jesús. Mediante este desarrollo se puede descubrir qué significa ser iluminado por Jesús, y ello nos puede resultar útil para nuestro trabajo cuaresmal en orden a tomar conciencia de lo que implica haber sido iniciados a la vida cristiana.

El episodio se abre rompiendo el vínculo entre la enfermedad y el pecado, vínculo que lleva a algunos a considerar que en el origen de todo sufrimiento hay una culpabilidad; Jesús rechaza tal intento por explicar el mal.

Al deshacer el nexo culpabilidad / sufrimiento surge ante nosotros, en primer lugar, la situación del ser humano necesitado de iluminación: «No fue porque él o sus padres pecaron, sino que nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios»; por otra parte, en la segunda parte de la respuesta de Jesús queda planteado el conflicto con los fariseos, pues mientras Jesús afirma que él trabaja en las obras de aquel que lo envió, ellos, defendiendo la tradición religiosa del sábado, afirman que «Ese hombre no es enviado por Dios, porque no guarda el sábado».

El ciego de nacimiento nos lleva a pensar en el hombre que necesita ser iluminado, que necesita de la revelación, que necesita nacer a una nueva existencia. En el prólogo del evangelio según San Juan leímos en el día de Navidad que «En la Palabra había vida, y esa vida ha sido la luz de los hombres; luz que sigue brillando en las tinieblas» (1, 4.5a), esta luz que sigue brillando en las tinieblas la podemos comprender como la ‘fe inicial’, como el punto de anclaje para la iniciación cristiana. Pensamos que por esta luz que brilla en las tinieblas el ciego de nacimiento intuye que lo realizado en él es obra de Dios: «Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; pero en cambio escucha al que lo honra y cumple su voluntad. (…) Si éste no fuera enviado por Dios, no podría hacer nada».

En la segunda parte del evangelio de este domingo tenemos una controversia entre los fariseos y el ciego que ha comenzado a ver. Esta controversia sitúa en un lado a los fariseos que saben de Moisés y saben de la Ley y según estos testimonios saben que «ese hombre [Jesús] es un pecador»; del otro lado está el hombre ciego que ha comenzado a ver, que sabe también desde la Escritura que «Dios no escucha a los pecadores» (véase Isaías 1, 15: «Al extender ustedes sus palmas, me tapo los ojos para no verlos. Aunque menudeen la plegaria, yo no oigo. Sus manos están de sangre llenas»).

En el fondo de esta controversia hay dos saberes sobre Jesús: el de los fariseos que, interpretando la Ley, saben que Jesús es un pecador porque no guarda el sábado; y el del ciego que sabe que Jesús es un enviado de Dios, que realiza algo que nadie había hecho porque Dios está con él: «Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si no fuera enviado por Dios, no podría hacer nada». La paradoja sobre Jesús: para unos resulta ser un pecador porque no gurda el sábado, para otros es un enviado de Dios porque actúa según el plan de Dios.

El texto nos muestra dos maneras de acercarse a Dios, la de unos hombres seguros de sí mismos y por ello ejercen una posición dominante sobre los demás; y la manera de buscar a Dios un hombre que «ya es mayor», es decir, un miembro adulto de la comunidad, capaz de ir a la Escritura, si consideramos el sentido del rito judío del ‘Bar Mitzvá’, mediante el cual a los trece años un adolescente es aceptado en la comunidad sinagogal.

En la tercera parte tenemos un elemento necesario e importante: la palabra que complementa el gesto de untar barro en los ojos del ciego y el posterior baño en la piscina Siloé. Es Jesús quien vuelve a abordar al hombre que era ciego y le permite llegar a formular una confesión de fe y a realizar un acto de adoración. La palabra viene a ser necesaria porque de alguna manera sella el proceso que comenzó con la fe inicial del ciego de nacimiento, fe inicial que lo lleva a acoger con obediencia la palabra de Jesús: «Ese hombre llamado Jesús hizo barro, me lo puso en los ojos y me dijo que fuera a Siloé y me lavara. Yo fui, me lavé y empecé a ver». La palabra que confirma el actuar liberador de Dios.

Este diálogo de Jesús con el hombre concluye con la expresión de Jesús mismo sobre su misión, lo que nos recuerda la frase del diálogo con los discípulos al inicio. Jesús afirma que ha sido enviado para manifestar al mundo la luz divina y esta manifestación ilumina a unos y enceguece a otros; este paradójico resultado depende de la conciencia del hombre que reconoce la necesidad de esta luz o que cree ya tener el conocimiento sobre Dios.

El texto concluye dejando ver que los fariseos piensan que saben y por ello no necesitan de la luz que Dios envía al mundo. Nos parecemos a los fariseos cuando volvemos la espalda a la iniciativa de Dios en nuestra vida, cuando no buscamos el sentido profundo de la revelación del Hijo del hombre.

 

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