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Vida del Siervo de Dios Ismael Perdomo, Arzobispo de Bogotá

17 de Enero 2017
 Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones-OAC
Vida del Siervo de Dios Ismael Perdomo, Arzobispo de Bogotá

En una época marcada por las oposiciones y cambios que introdujeron a Colombia en la modernidad, la figura arzobispal del Siervo de Dios Ismael Perdomo Borrero (1872-1950) se vio claramente como la del apóstol de la paz y de la reconciliación. Toda su vida estuvo dedicada al amor de cristo, a la comunión entre los hermanos en la fe y al servicio de los más pobres...

Su dolorosa enfermedad, las tribulaciones que debió sufrir a causa de la violencia partidista y su santa muerte manifestaron de forma eminente su inquebrantable confianza en Dios y su amor a la Santísima Virgen, nuestra Señora.

Su testimonio y su entrega incondicional, unidos a las más claras virtudes cristianas, señalan hoy un ejemplo claro de adhesión a Jesucristo para todos aquellos que estamos llamados a la Evangelización en nuestra sociedad, a través de lo signos concretos de la santidad.

La presente publicación de la Arquidiócesis de Bogotá quiere servir al mayor conocimiento de la vida del Siervo de Dios e impulsar su Causa de Beatificación y Canonización, cuya feliz culminación encomendamos diariamente.

A continuación la reseña de esta edición por el señor Cardenal Rubén Salazar Gómez, Arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia-Presidente del CELAM:

 “La fe es garantía de lo que se espera y prueba de lo que no se ve.  Por ella fueron alabados nuestros mayores” (Hb 11,1).

La vida del Siervo de Dios Ismael Perdomo (1872-1950) abarca uno de los periodos más convulsionados y cambiantes de nuestra historia nacional, con las importantes transformaciones políticas, económicas y sociales de un país que entra apresuradamente en la modernidad sin resolver a fondo sus contradicciones y carencias.

Desde su muy temprana niñez y juventud, vividas en un hogar lleno de fe, el Siervo de Dios descubrió en el servicio a Dios y a su Iglesia la razón de su existencia y a éste consagró por completo sus notables capacidades morales, físicas e intelectuales.  Ya como sacerdote, se entregó plenamente a su ministerio, al punto de ser reconocido muy joven como un candidato idóneo al episcopado, que recibió en 1903.

Su esforzada labor en la diócesis de Ibagué, marcada por las duras condiciones de los comienzos, le dio una visión bastante completa de las evoluciones sociales que ocurrían y le permitió mirar de cerca la urgente necesidad de predicar a tiempo y a destiempo el evangelio de la reconciliación y la misericordia entre los colombianos.  Todo su apostolado  estuvo siempre unido también a una honda preocupación por los marginados y los últimos, como predilectos del Señor, concretada en múltiples y sólidas iniciativas de promoción humana y cristiana.

Al asumir la sede de Bogotá, primero como arzobispo coadjutor (1923) y luego como arzobispo (1928), comprendió que su tarea no sería fácil y que toda su esperanza debía ponerse en el Señor.  El Siervo de Dios mostró entre nosotros su pasión por Cristo y su búsqueda incansable de la paz y la concordia, en todas sus expresiones.  Gracias a su elevada formación y su carácter sereno, planteó de una forma equilibrada e ilustrada las nuevas relaciones de la Iglesia con un Estado liberal, dejando de lado la excesiva filiación del clero a las ideas conservadoras y abriendo la puerta a un diálogo enriquecedor y auténticamente católico. Por ello, recibió las más amargas críticas y vejaciones, sin que de sus labios se oyeran jamás la queja o la defensa. 

Su amor al sacerdocio está patente en la espléndida edificación de nuestro Seminario Mayor, baluarte arquitectónico de la ciudad, y en la vida de cientos de eminentes sacerdotes que conocieron y admiraron al Siervo de Dios.  Ellos mismos y otros muchos atestiguan sobre su fama de santidad, fortaleciendo la convicción profunda de quienes hoy pedimos su intercesión ante Dios y apoyamos de diversos modos su Causa de Beatificación y Canonización.

En sus últimos años, sufrió en carne propia los acontecimientos del 9 de abril de 1948, doliéndose de los males causados por la violencia y la destrucción, al tiempo que renovando su intención de servir en todo bien, con la confianza puesta sólo en Dios.  Fue también el tiempo de la grave enfermedad, que no le impidió una decidida acción evangelizadora que vio nacer muchas de nuestras comunidades parroquiales.  Su muerte, el 3 de junio de 1950, selló con su profesión de fe su entrega absoluta al Creador y su amor a la Santísima Virgen, a quien siempre supo invocar tiernamente como Madre y Protectora.

Estas mismas directrices inspiran hoy nuestro Plan de Evangelización en la Arquidiócesis: anunciar el Evangelio, vivir en comunión nuestra adhesión al Señor Jesucristo y servir a todos, especialmente a los más necesitados.  Miramos la fe de nuestros antepasados y buscamos imitar su ejemplo en una sociedad que cambia y que exige de nosotros nada menos que la santidad.  El anuncio del Evangelio, el trabajo incansable por la unión de los corazones y la invención de formas actuales de servicio y caridad nos apremian al momento de corresponder a la voluntad de Cristo y salir al encuentro misericordioso de todos, acompañando a todos y fermentando en todo la semilla del Reino, don de Dios.

Quiera el Señor que esta publicación extienda entre nosotros, ministros ordenados, consagrados y fieles laicos, el conocimiento de la vida del Siervo de Dios Ismael Perdomo como un testigo calificado, apóstol de la paz y la reconciliación, cuyo amor a Cristo y a nuestra Señora se tradujo eficazmente en las más eminentes virtudes que hoy podemos relatar.

Cardenal Rubén Salazar Gómez

Arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia

Presidente del CELAM

 

 

 

 

 

 

Fuente: OAC

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