Liturgia Dominical (Reflexión Dominical)

Se brinda el espacio para que podamos por el medio escrito hacer un acercamiento a lo que quiere decir la Palabra de Dios cada Domingo a su pueblo.

LITURGIA Diciembre 4
La salvación nos la trae el Ungido del Señor

02 de Diciembre 2016
 Padre Tadeo Albarracín Montañez
LITURGIA Diciembre 4La salvación nos la trae el Ungido del Señor

El misterio de la ‘venida del Señor’ puede comprenderse desde diferentes situaciones, así, por ejemplo, hace ocho días la liturgia dominical nos invitaba a madurar en nuestra vida cristiana y de este modo estar preparados para la venida de Cristo al final del tiempo; la celebración de este II domingo de Adviento acentúa la venida de Cristo para salvarnos comunicándonos su gracia que transforma al ser humano. Al acoger la gracia del Adviento, la Iglesia se reconoce a sí misma como comunidad que «marcha presurosa al encuentro» del Hijo de Dios y de esta toma de conciencia reconoce la necesidad de acoger la gracia para «no tropezar con impedimentos terrenos».

Tanto las oraciones del Misal como los textos bíblicos de la liturgia de este día nos orientan hacia la contemplación de la profundidad de la salvación que trae el Mesías. En la primera lectura (Isaías 11, 1-10) el profeta Isaías describe el ambiente de salvación que resulta de la presencia en el mundo del Mesías –el Ungido por Dios con el Espíritu–: podrán vivir en paz el lobo y el cordero, el ternero crecerá junto al león. En todo el territorio abundará el conocimiento del Señor. Esta realidad es posible porque el Mesías hace justicia a los débiles y restablece el derecho de los pobres.

La descripción de la salvación que ofrece el texto de Isaías se puede englobar con el concepto bíblico ‘Shalom’. El término castellano ‘paz’ resulta estrecho para expresar el sentido del Shalom hebreo. Shalom es mucho más que un pacto de no agresión o un equilibrio de fuerzas, Shalom es la palabra que los profetas emplean para caracterizar el tiempo de la salvación en el que las personas conviven en armonía, la ausencia de amenazas les permite realizar un proyecto de vida. Shalom es el don de Dios que el Mesías trae y que el ser humano debe recibir con agradecimiento.

El texto de la Carta a los Romanos que se proclama en la segunda lectura (Romanos 15, 4-9) exhorta a los cristianos a reconocer signos de la salvación en medio de las dificultades de nuestro tiempo, pues la salvación viene de Dios y Él, a través de la Escritura, nos revela el sentido de la historia. Así como, por ejemplo, el Señor Jesús al someterse al pueblo judío es testimonio de la fidelidad de Dios, de la misma manera el cristiano, confrontado por un ambiente hostil, vive con la esperanza cierta de que Dios no deja de cumplir la realización de su proyecto de salvación en nosotros.

En este entorno de la realización del proyecto de salvación en medio de un ambiente que ofrece resistencia, sobresale la invitación a volver a Dios para acoger la salvación que leemos en el texto del evangelio (Mateo 3, 1-12).

El evangelio de la Misa de este domingo tiene dos partes, en la primera se destaca la acogida a Juan el Bautista por parte del pueblo, en la segunda tenemos el llamado del profeta para una auténtica conversión, esto a través de la discusión con un grupo de fariseos y saduceos.

El episodio del evangelio se abre con la presentación de la persona y la misión Juan el Bautista como don de Dios para su pueblo. Para poner en la escena a Juan Bautista, el texto griego emplea aquí el verbo ‘paragínomai’ –aparecer, presentarse–, al mismo verbo y en la misma conjugación acude el evangelista para presentar a Jesús en el episodio siguiente (véase Mateo 3, 13). Además esta voluntad divina acerca de Juan Bautista la ratifica el evangelista a través del recurso de una cita de cumplimiento: «A Juan se refería el profeta Isaías al decir: ‘Una voz grita en el desierto…’».

El anuncio de Juan Bautista contiene dos elementos: ante la inminencia de la llegada del Reino es necesario convertirse: «Vuelvan a Dios, porque ya llega su reinado». Es el mismo anuncio inicial de la predicación de Jesús (véase Mateo 4, 17) y de los Apóstoles (véase Mateo 10, 7). El anuncio fundamentalmente consiste en una exhortación a vivir de cara a Dios para participar del Reino. A

esta exhortación del Bautista el pueblo responde favorablemente: acude al profeta del desierto gente de Jerusalén y de toda Judea y de las regiones vecinas al río Jordán.

En la segunda parte del evangelio de este domingo, el profeta pasa a la denuncia violenta de quienes buscan seguridad en los ritos o en vínculos de sangre con antepasados prestantes: «Al ver que muchos fariseos y saduceos iban a recibir el bautismo, les dijo: ‘Camada de víboras, ¿quién dijo que iban a escapar del castigo que está para llegar?’ Muestren con obras su conversión es sincera». Una auténtica conversión consiste en la vuelta a Dios y lo absoluto del Reino y ello se manifiesta en un estilo de vida caracterizado por obras de justicia –obras de conversión–. La conversión implica desinstalarse, dejar falsas seguridades, para que en libertad, se pueda orientar la vida hacia Dios.

La sentencia que viene a continuación por parte de Juan Bautista deja entrever que el nuevo pueblo de Dios –hijos de Abrahán– proviene, de una parte, de Israel, señalado aquí como quienes que en el desierto de Judea acogen el mensaje de Juan, y de otra parte, de pueblos no judíos, representados en el texto con la metáfora de las piedras de donde nacerán también hijos de Abrahán. En dos escenarios usualmente estériles –desierto y piedras– surge el pueblo nuevo en donde se manifiesta la presencia del Mesías.

Finalmente, el tiempo de la salvación es definido en el texto por la acción del Espíritu que purifica. Esto lo anuncia a través de la diferencia entre el bautismo que propone Juan Bautista y el bautismo cristiano. El bautismo de Juan corresponde al propósito humano de cambiar de conducta, «confesaban sus pecados, y él los bautizaba», el bautismo cristiano es acción del Espíritu que es quien purifica realizando un juicio. Queda manifiesto que la salvación no es fruto humano sino gracia que trae el Mesías y que el discípulo acoge y se deja fecundar por ella.

Imagen: regocijate.com

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